lunes, 9 de septiembre de 2013

Encerrado

Un día más llega a su fin.

Y al igual que la gran mayoría de los que le antecedieron, deja un sentimiento de vacío en mi interior.

Ya no sé cuánto tiempo llevo en este lugar, no hay ningún reloj en mi celda, como he decidido llamarle a este lugar por obvias razones, y no cuento con ningún tipo de calendario. La única forma de medir el tiempo, son las dos pequeñas pero largas ventanas que tiene el cuarto, tienen aproximadamente una mano de ancho y cerca de dos brazos de longitud, sin embargo, medir el tiempo por medio de ellas resulta difícil y desquiciante al mismo tiempo. Lo comencé a hacer cuando recién llegue a este lugar, anotaba en una hoja cada vez que veía el sol salir y cada vez que lo veía esconderse, pero al cuarto día de hacerlo tomé una siesta por la tarde, al igual que en muchos otros días posteriores, y de alguna forma, perdí la cuenta. No sabía si dormía y despertaba en el mismo día y me desorientaba, así que decidí dejar eso por la paz.

Malditas ventanas.

Al principio creí que eran algo muy valioso e inclusive una posible ruta de escape, pero la verdad es que son muy angostas y el simple hecho de ver a través de ellas resulta ser la más cruel de todas las torturas.

Ellas alimentan mi añoranza de libertad y me recuerdan que hay un mundo ahí afuera, un mundo que continua sin mí. Me recuerdan que ya no pertenezco a ese mundo y que muy probablemente nunca volveré a él.

Por otro lado, es gracias a esas malditas ventanas que sé que me encuentro en el segundo o tercer piso de una especie de edificio, y que del otro lado hay una especie de inmenso jardín o pradera.

Esto último me parece algo gracioso, de una forma un tanto retorcida, que justo afuera de mi prisión, mi infierno personal, haya una especie de paraíso.

Maldita ironía.

La noche ahora cae en el mundo de afuera y la oscuridad me obliga a encender la luz dentro de mi celda, desafortunadamente yo no elijo cuando apagarla, ellos cortan la energía un par de horas después de que anochece. No sé a qué hora lo hagan, pero sospecho que siempre varía.

La habitación completa se alumbra en cuanto enciendo la luz, después de todo, no es muy grande. 

Únicamente tiene un escritorio contra una de las paredes, la más cercana a la puerta, con unas cuantas libretas y un par de lápices sobre él y justo frente a él, está la cama, la cual no es muy grande y es dura, lo cual dificulta mucho el hecho de dormir sobre ella. A veces pienso que incluso el escritorio sería un lugar más cómodo para descansar por las noches.

También tiene un baño completo adjunto, cuya entrada esta algo cerca de la cama, sin embargo, le han quitado la puerta que solía dividir ambas habitaciones.

El único acceso a mi ahora reducido mundo de cuatro paredes es una vieja, enorme y gruesa puerta de madera, la cual parece únicamente poder abrirse por fuera.

El silencio y la soledad reinan en la habitación y he tenido que aprender a lidiar con ambos.

Después de todo, la soledad se ha convertido en mi única e inseparable compañera, la tristeza y la depresión son los sentimientos que deambulan más seguido por mi mente y la desesperación es la única respuesta que me queda ante mi situación actual.

¿Qué si luché?

¿Quién no lo hubiese hecho?

Al principio los maldije y los amenace, inclusive ataque a uno de ellos un día mientras me daban mi comida.

Lo único que conseguí fue una paliza y que me dejaran sin comida por tres días. Ahora, cada vez que me traen mis alimentos entran dos hombres, ambos llevan el rostro cubierto y uno de ellos siempre porta un arma.

Utilizan el miedo a su favor, y vaya que les es efectivo.

Bastardos.

He salido de mi celda únicamente en dos ocasiones, y en ninguna de ellas ha sido porque yo así lo quisiera.

La primera fue una tarde. Dos hombres entraron a mi celda, fue el mismo procedimiento que en todos los días, ambos tenían el rostro cubierto y uno de ellos llevaba un arma, pero en esta ocasión no me traían la comida del día.

Me golpearon repetidas veces y me colocaron unas esposas. Acto seguido, me ordenaron salir de mi celda mientras me encajaban el cañón del arma en la espalda.

Lo que sucedió a continuación, es algo que aún no consigo explicarme.

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