Crocante

 

Foto por Kev Bation

-Buenas noches Timmy.-

Hizo un gesto reflejo con la mano para saludar a la Sra. García, sin verla realmente, tenía tanto sueño que ni siquiera le molestó el hecho de que usara su nombre en diminutivo, odiaba que la gente lo hiciera, y paradójicamente, la gran mayoría de las personas que lo rodeaban terminaban llamándolo de aquella manera.

No lograba entender el por qué, era un adulto de 28 años, tenía una estatura de casi dos metros de alto y usualmente se dejaba aquella barba que sale a los pocos días de afeitarse. Aunque muy posiblemente tenía que ver con su complexión extremadamente delgada, tenía la piel pegada al hueso, o aquello le decía su madre, y últimamente llevaba unas remarcadas ojeras, resultado de diversas noches sin poder dormir bien. Además de llevar la mirada perdida, verlo deambular por los pasillos hasta llegar a su departamento era como ver a un muerto viviente.

Al llegar a casa, rellenó el plato de croquetas de Penélope, su gata, y se desplomó en la cama, no la vio ni la escuchó al entrar, pero aquello realmente no le importó en aquel momento, el único pensamiento y deseo que tenía era poder tener un largo sueño, uno que durase más de 4 horas consecutivas. No recordaba cuando había sido la última vez que había dormido más de aquel tiempo.

Habían pasado ya 3, tal vez 4 semanas, no lograba recordar y siempre era lo mismo. Todas las noches algo lo despertaba, no estaba seguro de que era, tal vez, una pesadilla que no lograba recordar o una idea que trepaba desde lo más profundo de su subconsciente hasta despertarlo. Era algo que de alguna forma desencadenaba en él un miedo irracional, algo que se alimentaba de sus recuerdos y temores más profundos. Y aquella noche, cuando abrió los ojos, con la respiración pesada, bañado en sudor y en medio de la oscuridad, lo recordó.

Había ocurrido ya hace tantos años, él habría tenido 15 o 16 años, quizá. Había sido un niño un tanto inquieto, con algo de déficit de atención y al llegar a la adolescencia todo pareció ir un tanto peor, entre el estrés de la escuela, las malas notas, las peleas después de clase, los problemas en casa con sus padres y, como si aquello no fuera suficiente, las pesadillas empezaron.

Todas las noches era lo mismo, una pesadilla que recordaba a medias, usualmente la misma, lo hacía despertar bañado en sudor, a veces entre gritos o lágrimas y con el corazón al borde de una taquicardia. La mayoría de las veces con la sensación de que alguien lo observaba y, en algunas ocasiones, cuando todo había pasado, mientras permanecía acostado en medio de la oscuridad de la noche, viendo hacia el techo de su habitación indeciso si debía intentar volver a dormir o no, lo escuchaba.

Era un sonido que se escuchaba un tanto tenue, pero ahí estaba, un crujido que no lograba identificar. Nunca le dijo nada a nadie, ya tenía suficientes problemas como para añadir alucinaciones a la lista, pero aquello no evitó que, por un tiempo, intentara descubrir de donde provenía aquel sonido.

Logró convencer a su padre de revisar las tuberías del departamento, fingiendo haber escuchado alguna gotera en el baño, pero el plomero no encontró nada. Prestaba suma atención a los sonidos que se escuchaban durante el día en los demás departamentos, pero nunca escuchó nada similar. Probó con música y sonidos ambientales, preguntó si alguien en el edificio tocaba algún instrumento con el pretexto de querer aprender e inclusive intentó tronando los dedos y con objetos como partiendo ramas en el parque, pero nada sonaba de la misma manera.

Su último intento fue intentar preguntarle de forma casual a sus vecinos, aunque tampoco tuvo mucho éxito, la Sra. Hopkins del departamento de abajo a penas y lograba escuchar algo hoy en día y los vecinos del departamento de al lado no lo tomaron en serio, eran una pareja que siempre estaba de un lado para el otro, simplemente le dijeron no tener tiempo y no saber de lo que hablaba.

Finalmente, intentó con el departamento de arriba, que más podía perder después de todo, al llamar a la puerta un hombre, de unos 40 años, corpulento, de gran estatura, facciones toscas y una mandíbula pronunciada, abrió la puerta. Dijo llamarse Boris y cuando le explicó la razón de su visita soltó una carcajada que le pareció haber hecho retumbar todo el edificio.

- Tendrás que disculparme joven amigo, verás, soy chef y a veces por las noches preparo algo de cenar, pero la cocina puede ser muy ruidosa y por el otro lado las paredes de este vejestorio, muy delgadas. -

-Cocina, a las 3 o 4 de la mañana? – 

-Es un viejo hábito, a veces vuelvo muy tarde del restaurante, con hambre, y por mucho que odie hacerlo, termino trabajando aún más en casa, es como una maldición, no puedo simplemente comer un sándwich. -

Aquella respuesta pareció satisfacerlo a medias, sin embargo, no le ayudó a dormir mejor.

Un par de meses después, Kruger, su perro, saqueo la basura aprovechando que él y sus padres estaban fuera. Lo encontraron en medio de la sala masticando unos huesos del pollo que su madre había preparado aquel día. Entonces lo escuchó, era el mismo sonido que lo había atormentado por tanto tiempo.

Soltó una risa nerviosa y sintió una especie de alivio, por fin sabía lo que era. “Seguro sería el maldito perro de algún vecino comiendo algo por la madrugada” pensó y, a pesar de que aquello no solucionó por completo su problema, de alguna forma se sintió más tranquilo por las noches, por lo menos hasta aquel día.

Fue una tarde, cuando volvía de la escuela, un grupo de policías con armas de alto calibre, pasamontañas y equipo táctico irrumpió en el edificio, ordenaron a los que estaban fuera permanecer ahí, y a cualquiera en los pasillos entrar a sus departamentos y quedarse ahí, mientras ellos desfilaban por el edificio hasta el departamento que se encontraba justo sobre el de su familia.

Boris Kozenko fue arrestado aquella tarde, y dentro de su departamento fueron encontrados restos humanos de por lo menos 20 personas. Se encontraron órganos en conservadores y con especias, carne humana congelada junto con algunos hígados y viseras, un corazón del cual ya habían consumido una tercera parte, partes de algunos animales como gatos y perros, y algunos miembros hervidos sobre la estufa.

Días después admitiría a un reportero consumir carne humana por más de 20 años, dijo que sus víctimas eran usualmente personas que vivían en la calle, turistas que parecían estar perdidos y una que otra persona que, después de observarla por un tiempo, le parecía que nadie buscaría ni se preocuparía por su paradero.

Los medios lo llamaron “él quebranta huesos” debido a que admitió que lo que más le gustaba era hervir los miembros de sus víctimas, sobre todo los de las manos y por la noche mordisquearlos mientras veía la televisión “son mucho mejor que las palomitas, se los aseguro” había dicho con una sonrisa en el rostro.

Aún recordaba el momento en el que vio a los oficiales sacarlo del edificio, iba esposado y con una sonrisa mientras caminaba, como si se sintiera satisfecho consigo mismo. Y al pasar por donde él se encontraba, cruzaron la mirada, y le guiñó un ojo. Nunca supo si había sido a él o a alguien más entre los que se encontraban ahí.

Un escalofrío le recorrió la espalda al recordar todos aquellos sucesos, ahí en medio de la noche, más de una década después, se sintió aterrado de la misma manera que aquel día en su adolescencia. Y mientras permanecía acostado en la oscuridad, más allá del umbral de la puerta de su recámara, lo escuchó, un crujir tenue que poco a poco sonaba cada vez más y más fuerte.

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